Ovejas negras de sombra blanca
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Fue la última gota del veneno de las montañas, ese por el que, en caso de no morir en ellas, pereces si las alejas demasiado de tu vida.
Emprendimos el regreso bajo un cielo atormentado.
La cumbre desapareció ante nuestra mirada, que se volvía una y otra vez, devota, y temerosa de que no quisiese dejarnos ir. El viento se violentó y nos volvió peonzas en la tormenta.
La escasa luz y la niebla anularon nuestros ojos, y el vendaval robaba a nuestros oídos los gritos con los que tratábamos de comunicarnos.
Sin sombras de formas, ni eco alguno, nos fue imposible ubicarnos, de modo que, temerosos de caer por algún talud, nos guarecimos junto a unos peñascos nevados.
Encajados con la roca, muertos de hambre y ateridos de frío bajo una capa creciente de nieve, pasamos la primera noche.
Nos durmió el cansancio y nos despertó el instinto; queríamos salir con vida. Sacudimos las botas y la única manta que habíamos subido, caladas por la nieve y el húmedo manto de la niebla que seguía envolviéndonos. Debíamos movernos.
Después de comer el tasajo de cerdo que quedaba, retomamos la búsqueda del camino, pero no dimos con nuestras huellas, barridas por el viento u ocultas bajo la nevada.
Pasamos el día perdiendo fuerzas en un lento y ciego vagar que no nos acercó un paso a nuestros petates. Bebimos la nieve fundida en nuestra boca, sin pasar por el fuego que
nos habría salvado, y comenzamos a sentirnos enfermos.
Así llegó la segunda noche.
No queríamos dormirnos por miedo a no despertar. Y no lo hicimos, porque pasamos la noche levantándonos para hacer de vientre entre terribles retorcijones de estómago.
En algún momento de aquella eterna noche, el cielo desgarró parte de la nubosidad y dejó entrever su enjoyado tapiz.
Ahí estaba el Wanagi Takanku, el camino de los fantasmas, como lo conocíamos en la tribu. La Vía Láctea. Los lakota creían que aquel sendero estrellado era reflejo de las fogatas encendidas en los campamentos de los fantasmas que, recién fallecidos, hacían el camino hasta el encuentro con la anciana que habría de juzgarlos y decidir su futuro. Aquella larga y heladora noche oré por no convertirnos en dos estrellas más.
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©® La cima más profunda, Michel Crisol.

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