Ovejas negras de sombra blanca
[...] Fue la última gota del veneno de las montañas, ese por el que, en caso de no morir en ellas, pereces si las alejas demasiado de tu vida. Emprendimos el regreso bajo un cielo atormentado. La cumbre desapareció ante nuestra mirada, que se volvía una y otra vez, devota, y temerosa de que no quisiese dejarnos ir. El viento se violentó y nos volvió peonzas en la tormenta. La escasa luz y la niebla anularon nuestros ojos, y el vendaval robaba a nuestros oídos los gritos con los que tratábamos de comunicarnos. Sin sombras de formas, ni eco alguno, nos fue imposible ubicarnos, de modo que, temerosos de caer por algún talud, nos guarecimos junto a unos peñascos nevados. Encajados con la roca, muertos de hambre y ateridos de frío bajo una capa creciente de nieve, pasamos la primera noche. Nos durmió el cansancio y nos despertó el instinto; queríamos salir con vida. Sacudimos las botas y la única manta que habíamos subido, caladas por la nieve y el húmedo manto ...