Un solo latir




[...]
Después me giré. Deseaba que me agarrase por el hombro, por la muñeca, que me retuviese, pero no lo hizo. 
No podía volver a nuestra casa con él, no así. Me lancé corriendo hacia un bosque cercano, sin mirar atrás; sin saber si sería capaz de aguantar su vacío un solo día más.
Trepé los siete metros del ciclamor más alto y, viéndome sola, rompí a llorar, desconsolada.
—Cuenta la leyenda —Tres palabras, su voz, y la vida volvía a tener esperanza. Eckhard trepaba por una liana hasta mí—, que, cuando Madre Tierra era aún muy joven, la viva naturaleza lo abarcaba todo. La vida impregnaba toda creación y la hacía crecer vigorosa —Hizo una plancha en la rama, caminó hasta mí y se sentó—. El agua más pura e infinitas especies de árboles, arbustos y plantas, de tierras y minerales, daban hogar y alimento a millones de especies de seres vivos. Todas escuchaban en su interior las canciones que Madre Tierra les cantaba. No había necesidad de luchar para sobrevivir, porque todos tenían cuanto necesitaban para vivir. 
»Nadie necesitaba más de lo que había al alcance de su mano —continuó—, pero una semilla podrida penetró en algunos seres humanos, que empezaron a temer perder lo que tenían. Así, esos humanos no esperaron a que los árboles cayeran, los talaron. No se contentaron con comer lo que la vida les daba, sino que tomaron la vida de otros seres, los mataron. Dejaron de escuchar la voz de Madre Tierra en sus corazones.
Podía ver todo lo que Eckhard me contaba. Podía sentirlo, porque lo había vivido. Hablaba de la civilización.
—Sus acciones y lo que les hacían sentir los hicieron encoger. Compungidos, dejaron de ser gigantes —siguió—. Pero eso sólo hizo que tuviesen más miedo, y que actuasen de forma más abominable. Y lo que es peor, su ejemplo se extendió entre la mayoría de su especie e infectó, incluso, a otras muchas especies. Empezó la lucha por la supervivencia. 
»Madre Tierra veía cómo aquel violento desequilibrio iba devorando el corazón de todo, y empezó a temer por el suyo. No descansaba. Los ávidos humanos le arrancaban la vida, todas sus creaciones. Cavaban profundo, ambicionando metales preciosos. Se adentraban en el océano, ansiando nuevas tierras que explotar y más seres de los que alimentarse.
Eckhard apretaba la corteza del árbol con fuerza, como sus mandíbulas. Fue la primera y única vez que lo vi llorar. 
—Desesperada, Madre Tierra se introdujo en lo más profundo de la tierra. Se internó tan hondo que su aliento y gracia desparecieron de la superficie. El mundo fue perdiendo el aire, la tierra fértil y el agua. Ella sólo tenía que permanecer agazapada un tiempo para que todo desapareciese, para volver a empezar de cero. Pudo purificarse, Kayah, pero no lo hizo. 
—Eckhard dio un largo suspiro. No supe si de pesar o alivio.
La bruma nos envolvía, muy atenta a la leyenda. 
—Lo que hizo fue lo contrario —Eckhard sonrió—. Verás, Madre Tierra no podía ignorar todas aquellas vidas que verdaderamente sentían la dicha de su regalo. Desde las más inconscientes en su forma mineral hasta las humanas, pasando por las vegetales y animales. Su inmenso poder sólo desequilibraría más aquella situación, pero tenía una esperanza para que la armonía regresara.
»Expuso su corazón, Kayah, a pecho descubierto. Lo alzó hasta la cima de la última montaña, la más alta de todas. Aquella que sólo los seres humanos más rectos, los que aún conservasen su tamaño de gigante, Los Primeros, podrían ascender. Sí, era en ellos donde residía su esperanza. Corría el riesgo de que los insaciables lograsen llegar arriba y traspasasen su corazón, pero en su fragilidad entregó su poder. 
»Porque termina la leyenda contando cómo, quien toque el Corazón de Madre Tierra unirá en un solo latir su corazón al de todos los seres vivos del mundo, y en ese estado de gracia divina, podrá expresar el deseo que llegue al mundo entero. Todas las criaturas lo escucharán, lo acogerán y harán cuanto esté en su poder para que se haga realidad. 
“Mitakuye oyasin”, decían los lakota, “todos somos uno”.
Si hubiera escuchado la leyenda unos años atrás, o en la boca de cualquier otra persona, me habría parecido una bonita historia. Bonita e imaginativa, pero una historia.
—Kayah, ¿entiendes lo que está en juego? —Tomó mi cara con ambas manos—. ¡La paz mundial está a nuestro alcance! Sólo tenemos que ascender hasta la cima de la Montaña del Latido Único y expresar nuestro deseo, de corazón. 
Aquella leyenda no era una historia bonita e imaginativa, aquella leyenda era la razón de mi existir. Porque la escuché entonces, después de tantas cimas y experiencias, porque la escuché en boca de Eckhard y porque reconocí esa montaña en la del sueño que me llevaba hasta el Gran Espíritu.
[...]



©® La cima más profunda, Michel Crisol.

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